Hace un par de días, en horas de la mañana, venía caminando por una acera del Barrio "12 de octubre" de Medellín, tratando de no quedarme dormido al paso, cuando observé algo que capturó mi atención. A pocos metros de la acera, dos seres antropomorfos cuya estadía en esta tierra no parecía superar los quince años, pero que en sus rostros ya se podía apreciar una eternidad infernal, se movían como a capricho del viento sobre una suerte de apéndice con forma de motocicleta, fijado a sus casi imperceptibles piernas, esquivando las aceras y a los niños que apenas iban ingresando a la escuela. La muerte se dibujaba claramente en su semblante -y lo relato de forma figurativa -, tenían facciones calavéricas y presencia lánguida, enormes ojeras, ojos como cuando uno esta leyendo letra muy pequeñita y ropas amplias y al desgaire. Queda al criterio de cada lector sospechar las causas o circunstancias de tal estado de descomposición, ya que esta publicación no trata del efecto de las drogas, del alcohol o de infancias traumáticas.
Hubo entonces dentro de mi, un poco de angustia al pensar que la integridad de los pequeños niños transeuntes pudiera sucumbir ante las ruedas de aquel vehículo, creándome de esta manera una escena muy curiosa de la situación... no solamente era la muerte en sí misma quien rodeaba las almas de aquel motociclista y su pasajero, sino que también se transmitía y proyectaba hacia quienes, a su vez, los rodeaban. La muerte iba sobre ruedas.
Ban